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Deux Maximum

Prólogo: El Desierto.

En el principio no había nada y por un tiempo eso estuvo bien.

Nadie sabe bien esta historia porque siempre me cuesta mucho trabajo contarla. Todo inicia al final y todo terminará al inicio. Mi primer recuerdo es la sonrisa de mi madre y como "mencionó" mi nombre, me tomó un tiempo entenderle.

Nací en un lugar demasiado caluroso, en medio de un desierto que era casi mortal, sobrevivíamos en una casa de piedra que era fresca en el día y cálida durante las heladas noches, mi padre tenía un invernadero primitivo el cual nos alimentaba, un pozo cercano nos proveía de agua fresca, no puedo decir que estábamos bien, pero éramos felices.

Mi padre no hablaba mucho, mi madre era sorda y muda, yo aprendí a hablar el lenguaje de mi madre, mi padre también lo conocía, pero como he dicho hablaba muy poco.

Un día me despertaron de golpe, a la lejanía se veía el humo de un vehiculo, seguramente serían ladrones en busca de combustible o alimento, mi madre y yo nos escondimos dentro del pozo, la cuerda era muy débil para aguantar a mi padre, el permaneció afuera y trató de defender nuestra casa, lo quemaron vivo.

Al anochecer cuando el agua empieza a congelarse salimos de nuestro escondite, todo estaba destruido, nos acomodamos en una de las paredes que quedaron en pie y pasamos la helada velada, al amanecer mi madre enterró los restos de mi padre y juntos oramos a un Dios que yo no conocía, antes del medio día emprendimos camino con muy poco de comida, mi madre no quiso permanecer en nuestro hogar.

Caminamos por largo tiempo, nos refugiamos del sol al medio día en una carpa improvisada por mantas, bebimos un poco de agua y comimos los pocos frutos que rescatamos, ambos sabíamos que la muerte nos asechaba, o tal vez sólo yo, en la noche seguimos caminando cubiertos por las mantas para evitar el frío, así lo hicimos por dos días, hasta que sin comida y agua caímos cansados, encontramos unas ruinas de algún viejo asentamiento humano, el pozo estaba seco y no había nadie que nos apoyara, la noche era más fría que de costumbre, mi madre me abrazó y dormimos para ya no despertar.

-Hola, es un gusto conocerte al fin- me dijo la muerte al extenderme su mano, al contrario de lo que todos pensarían las manos de la muerte son calidas y tranquilas, borran todas las preocupaciones de tu vida -¿finalmente me dirás tu nombre?- me cuestionó con una hermosa sonrisa de perlados dientes, en ese momento una luz me cegó y una voz familiar pero desconocida se escuchó como el rugido de un león.

-aún no- dijo la voz y pude abrir los ojos, estaba en un cuarto de adobe con un tragaluz en medio, fuego alumbraba la habitación y la calentaba al mismo tiempo, me acerqué a calentar mis brazos, no note la ausencia de mi madre, supongo que en el fondo sabía que ella ya había partido, a mis seis años entendía más de la vida y la muerte que lo que entenderá un mortal en veinte siglos.

-¿ya despertaste?- inquirió aquella voz familiar y extraña, volteé a la entrada del cuarto y ahí había un hombre que en mi vida había visto, pero que tenía un parecido extraño a mi padre, asentí en silencio, había escuchado su lenguaje y podía entenderlo pero de mi boca nunca había salido palabra alguna.

-perfecto, debes tener hambre- dicho esto dejo frente a mi un montón de manzanas, les puedo jurar que eran las manzanas más ricas que he probado en toda mi existencia, jugosas, carnosas, deliciosas... él me miraba sonriente mientras yo engullía los frutos rojos
-me hago llamar Railer- dijo aquel hombre presentándose, sus cabellos eran negros como la noche oscura, sus ojos grises como dos estrellas, su piel blanca como la arena del desierto, su sonrisa era cálida y me inspiraba una extraña confianza, empecé a hablar acelerado, moviendo mis manos de un lado al otro, el soltó a reír.

-tranquilo chico, hace mucho que no hablo en señas, debes tenerme paciencia- agregó el hombre, le miré extrañado mi madre siempre entendía todo lo que decía sin importar que tan rápido hablara, mi padre entendía también, hice el intento y expliqué mi nombre, de donde venía y que había pasado, él me miraba con atención y pude notar tristeza en su mirada cuando hable de mis padres.

-Fue un largo día, descansa- dijo con tristeza y una voz tan apagada que parecía robarse el ruido de cualquier otra cosa, asentí y me recosté junto al fuego, él salió de nuevo y creo que no regresó hasta la mañana siguiente, me despertó y dio agua, me llevó a la tumba de mi madre y me despedí de ella, luego emprendimos camino, antes del medio día me dio una fruta dulce y jugosa, era una mandarina, nunca había probado una, fue delicioso, caminamos hasta que el sol estuvo en lo alto, entonces justo a tiempo encontramos refugio en un peñasco, él era como mi padre no hablaba mucho, así que el silencio reinó esa tarde.

-Es hora de irnos- seguimos caminando cuando el sol bajó un poco, él no se quejaba del cansancio, del calor, o del frío, nunca le vi comer, o beber, pero siempre que le pedía comida o agua tenía algo para mi, frutas deliciosas, agua fresca y tan cristalina que su botella parecía bacía, caminamos durante tres días y nunca nos hizo falta nada, ni alimento, ni agua, ni refugio, siempre había una colina, un pozo, y su comida nunca se agotaba.

-Ya casi llegamos- dijo la tarde del tercer día, la arena del desierto se había convertido en roca, el frío era más intenso, y las noches más largas, señaló las colinas cercanas, y noté el resplandor rojizo que se asomaba tras de ellas -ahí es, tu nuevo hogar- agregó tranquilamente, nos tomó aún toda la noche llegar ahí pero al llegar fue mágico, era un boquete en la tierra de proporciones indescriptibles, bajaba como una espiral de kilómetros de distancia, estaba lleno de luces y plantas, era lo más hermoso que había visto jamás, un jardín que se abría paso hacía las entrañas de la tierra, y había gente, miles de personas, todos vestidos de blanco.


-Bienvenido- dijo el hombre y en un impulso infantil sonriendo salí corriendo hacía aquel idílico lugar, él sólo me miró bajando la colina hasta las puertas de aquel hermoso valle, la gente me miró y sonrió al verme llegar, niños salieron a mi encuentro y por diez años fui feliz, el desierto, el frío, el miedo, habían quedado atrás.

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