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En el Metro...

Son cientos las personas que pasan a diario por sus andenes y sus trenes, millones diría yo, de ida y de regreso, es el sistema circulatorio de esta ciudad llena de humanos, llena de ruidos y llena de historias. Hay gente que transcurre horas enteras dentro de sus intrincados túneles, son cientos de miles los pensamientos que se aglomeran en sus entrañas, es el tiempo perfecto para pensar, para que los demonios de tu mente te consuman, o para que los sueños más hermosos se construyan.

Alfredo tenía 35 años y una vida usando el metro, todos los días la misma rutina, bajaba a las entrañas de la tierra y se dejaba conducir por el tumulto de gente hacia la misma dirección, abordaba el vagón sobresaturado en el cual ni una sola alma más podría entrar, ahí en medio; entre brazos, espaldas, piernas y otras partes del cuerpo que sudorosas se frotaban en el vaivén del tren de acero, Alfredo tuvo su más grande idea, mientras maldecía el tener que cada día tomar el metro y a la gente que le rodeaba él pensó en poner su negocio, fue en un viaje de miércoles cuando su gran idea surgió inspirada sin que él lo supiera por un cartel sobre la puerta, de hecho no fue hasta su décimo viaje de contemplar su idea que notó el cartel donde ofrecían cursos de mecánica a costo accesible los sábados y domingos, para ese entonces él ya tenía la idea construida, seguiría trabajando hasta juntar un buen dinero para mantenerse, pagar el curso y las herramientas, y se asociaría con su hermano y su cuñado que desde hace mucho decían querer emprender algo y podría un taller cerca de la estación de su casa, a dos cuadras había encontrado el lugar ideal.

-Así lo haré- dijo con una enorme sonrisa en sus labios, la gente a su alrededor le miró con malos ojos, como podía sonreír en medio de tanta gente, pero a Alfredo no le importó le tomó más de cien viajes en metro el poder concretar su proeza, juntar el dinero, convencer a su cuñado, asegurarse de que su hermano no se echara para atrás, y el tener todo listo para entonces enfrentar su obstáculo más grande. La mujer de Alfredo se llamaba Soledad, era una mujer bella que había perdido su sonrisa robada a manos de la rutina diaria a la que vivía apegada: Despertar temprano, hacerle un desayuno a su esposo y a sus tres hijos, el mayor tenía quince años y se llamaba como su padre, luego seguía Victoria de nueve años, y finalmente Andrés de cuatro; levantar al mayor para que fuera a la preparatoria, a su hija para llevarla a la primaria con el menor en sus brazos, regresar a la casa, arreglar todo, hacer comida, limpiar, sacudir; su casa era un santuario de pulcritud que sólo se rompía con la llegada de sus hijos o de su marido, pero mientras ellos estaban ausentes la mujer limpiaba obstinada cada detalle hasta sentir que todo estaba perfecto, mientras el menor de sus hijos jugaba encerrado en su cuarto, muchas veces ideas trágicas pasaron por la mente de Soledad cuando dejaba a su hijo pequeño encerrado en el cuarto, pero con el tiempo y por la necesidad se acostumbró a que así fuera, ponía un disco en el viejo DVD, prendía la televisión, ponía juguetes por toda la habitación y dejaba al infante en su reino encerrado tras la puerta de madera, sólo así ella tenía tiempo, paciencia y concentración para poder dejar impecable su hogar.

Un suspiro salió de Alfredo la mañana siguiente cuando iba pensando en medio de la multitud, iba pensando en su esposa, la noche anterior había hablado con ella de sus planes, le había enseñado sus números garabateados en una hoja de la libreta de su hijo mayor que había estado a su alcance, los niños veían tele dentro de la alcohola, su esposa le miraba en silencio, pensativa, seria... Alfredo trataba de discernir alguna emoción en esa cara sin expresión, quería saber que le había parecido la idea, pero ella no dijo nada, se puso de pie camino al cuarto y se acostó a dormir a las Diez cuarenta y cinco de la noche, como cada día lo hacía. Alfredo había tenido que acostar a sus hijos, apagar las luces y asegurarse que todo estuviera en su lugar, al llegar al cuarto encontró a su mujer plácidamente dormida en su cama, se acostó a su lado y por un momento la envidió, cómo era posible que durmiera tan apacible le había dicho que ese viernes renunciaría, que se verían presionados con los gastos pero con trabajo arduo y la mano de Dios saldrían adelante, él estaba nervioso, era miércoles y aún faltaba mucho y tan poco para su plan, pero ella dormía como un pequeño recién nacido, con un gesto de paz digno de los ángeles. Lo que Alfredo no sabía y nunca supo, yo lo sé porque al igual que muchos otros Soledad tomaba el metro de vez en cuando, y como muchos otros vertió en el cientos de pensamientos que se sumaron a las historias que han pasado y se han quedado en los túneles, los corredores y los andenes del metro; lo que Alfredo no sabía era que esa misma noche su mujer mientras él acostaba a sus hijos y revisaba la casa, ella había movido unas viejas cajas del closet y había sacado una pequeña del fondo, polvosa y algo vieja, la caja escondía el mejor secreto de Soledad, la abrió y sacó un fajo grueso de billetes y empezó a contarlos en silencio eran más de cien mil pesos, los había juntado durante dieciséis años de matrimonio, los abrazó como quien abraza a un hijo o a un ser querido, los volvió a meter a la caja y miró dentro de ella una pequeña bolsa de tela, esa no la abrió, sabía que contenía y cuanto, eran diez centenarios de oro puro que había heredado de su madre y está de su abuela, cada una había agregado su parte en su momento y ella esperaba algún día heredarlos a su hija con la misma misión de guardarlos para tiempos difíciles, pero si el sueño de su esposo no se concretaba y su pequeña fortuna no le era de utilidad o si la desgracia los atacaba, bien podría utilizarlos para esos tiempos de necesidad, pero ambos tesoros le dieron tranquilidad, además ella era una mujer fuerte y trabajadora en el peor de los casos pese a su escases de estudios encontraría un trabajo y lucharía por su familia, por eso podía dormir tranquila, por eso se dio el lujo de esperar todo un día para decirle a su esposo que lo apoyaba que ya verían como hacerle.

El viernes el metro estaba ligeramente más holgado, tal vez hasta cabría un alma más en los vagones, Alfredo iba sonriente ese día le diría un par de cosas a su jefe y renunciaría para no trabajar nunca más para nadie más, o al menos ese era su plan, había estado durante meses estudiando en las noches y los fines de semana su curso, se había graduado con reconocimiento y pompa, estaba seguro que Dios y la Virgen lo bendecirían en su negocio, en su taller, suyo y de nadie más; bueno también era de su hermano y de su cuñado, pero era en parte suyo y saldría adelante, estaba seguro y por mucho tiempo no supe si lo había logrado. Lo último que había sabido de Alfredo fue como enfrentó a su jefe y de forma amable pero dura le dijo lo que estaba mal en la oficina, había salido de ahí como los grandes, con la cabeza en alto, con una sonrisa de satisfacción en los labios y con la mirada atónita de todos sus compañeros, se fue feliz esa noche mientras viajaba sobre las vías iba sonriente alegre, no supe más de él hasta que un día muchos años después viajo de nuevo en metro, sus ojos estaban cansados, y sus hombros fortalecidos por el trabajo, no era el exitoso negociante que se había propuesto pero tenía su negocio y le daba para estar tranquilo y para que su mujer no hubiera tenido la necesidad de usar su tesoro escondido tras las cajas del closet, había cumplido su sueño con grandes dificultades, pero lo había logrado, iba sonriente con sus hijos y su esposa, para ironía viajaba en metro porque su carro se había descompuesto y estaba en el taller.

Son muchos los que pasan por el metro, son muchos los que sueñan, los que piensan, los que cuentan, y yo los escucho a todos, guardo sus historias que quedan flotando en el tiempo, en los pasillos, escaleras, túneles, vagones de las redes del metro que se extienden bajo la ciudad. Son ecos del pasado, del presente, del futuro de mi gente, gente que viaja "En el Metro".

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