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Let

Let siempre se presentó ante mí de una manera agradable, en toda mi existencia no he tenido una muerte de la cual deba temer, todas fueron tranquilas al final, y todo fue porqué era él quien me recibía.

Sus ojos son rojos como el fuego del infierno y aun así son cálidos y tranquilizadores, en ellos no vez el reflejo de su alma como sucede en los ojos de todos los demás, en ellos te ves a ti mismo, tal como eres, sin mentiras y sin egos, sólo como un mortal y eso me tranquiliza.

-Ya es hora- su voz es suave como un susurro, dice que siempre avisa de su llegada y el incauto siente un cosquilleo en la columna o hay quien incluso siente su cálido aliento, conmigo es diferente, conmigo se toma el tiempo para que platiquemos e incluso en ocasiones hasta para hacer cosas más complejas, en esta ocasión no es diferente, su suave mano blanca como la nieve se ha posado en mi hombro y una sonrisa se ha dibujado en mi rostro.

-llegas tarde- le contestó con ironía, todos podemos atrasarnos, excepto él, Let siempre es puntual a su cita, en esta ocasión sus cabellos son grises como la ceniza, su piel blanca como una hoja, su cuerpo delgado y de rasgos jóvenes.

-me hiciste esperar mucho- agrego y el empieza a empujar mi silla de ruedas, mis huesos están cansados como para caminar, las articulaciones me duelen y la vida se escapa en cada respiración pesada que sale de mi pecho, ya estoy viejo, tengo 102 años y una precaria salud, mi cabeza tiene pocos cabellos blancos, largos ya que no permito que nadie los toque, mi piel está manchada y arrugada, mi mirada cansada y en mis ojos se pueden ver todas las alegrías y tristezas que he tenido durante el último siglo.

-era necesario- es su respuesta mientras avanzamos por el corredor, estar con él me tranquiliza, en todas mis vidas me ha tranquilizado con sus susurros, sé que todas mis muertes han sido tranquilas gracias a su intervención, incluso cuando estaba en los lugares más inhóspitos Let se ha asegurado que parta como en un sueño.


Pasamos la tarde platicando de mi vida, de nuestra eternidad y del tiempo que llevo como mortal muriendo y renaciendo, el sol viajó por el cielo y finalmente se posó en el horizonte -Ojalá me hubieras recogido joven como en aquella ocasión, aún podríamos divertirnos- comenté con cierta perversidad de nuestra relación de milenios, él sonrió como siempre, me dio un beso en la frente y se esfumó como si hubiera sido sólo un sueño, tardaron dos hora en darse cuenta que estaba muerto ahí en medio del jardín, las cuidadoras llegaron apresuradas al ver mi silla a lo lejos mirando hacía el firmamento, yo ya me había ido había nacido en España, en esa vida vería a Let infinidad de veces acompañando a cientos de personas a dar el salto, y cada una de esas veces me haría sonreír.

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