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Noche Roja

La tormenta caía impetuosa, los rayos cruzaban el cielo de un extremo al otro iluminando el cielo negro de la noche oscura, no se podía escuchar nada más que el ruido de la lluvia suicidarse contra el suelo y los árboles, el bosque estaba inquieto no sólo por la tormenta si no por lo que se movía entre las ramas de sus árboles y se arrastraba entre sus raíces, eran cuervos tan negros como la noche y serpientes que se escurrían por cada rincón del bosque hacía la aldea en el centro del valle.

-Hoy es la noche- dijo sonriente una mujer ciega de cabellos rojos como la sangre y piel blanca manchada con pecas, sus ojos grises miraban a la nada pero sus oídos alcanzaban a escuchar el aleteo entre los árboles y el fluir de la tierra bajo el vientre de las serpientes, era una sabia y poderosa mujer que inmediato dio la orden para que los hombres y mujeres se prepararan, la batalla estaba cerca, más allá del muro que dividía la aldea del bosque profundo, de aquel mágico bosque lleno de leyendas y mitos. El agua golpeaba los techos de paja y las paredes de piedra, hacía los caminos lodosos y la noche aún más oscura, las antorchas de cebo de cerdo eran lo único que alumbraba la noche, pero todos sabían que ni ellas durarían mucho una vez iniciada la batalla.

De entre las sobras del bosque al otro lado de muralla de piedra que medía poco más de un metro de altura entre las serpientes que se abrían paso y los cuervos que observaban aglomerados desde las ramas de los árboles apareció un enorme lobo blanco, sus ojos eran de un rojo intenso como el fuego del mismo infierno, sus cabellos se mecían con el viento pero estaban secos, el agua de la tormenta no le tocaba, la bestia caminaba imponente hacía la muralla y la mujer ciega lo miraba sonriente desde el otro lado, a su alrededor las serpientes se aglomeraban, nada cruzaba la muralla como si esperaran, las mujeres y hombres de la aldea también se aglomeraban de su lado del muro, la mujer anciana caminó hacia la muralla y viendo sin ver directamente al lobo profirió.

-Vete, este es mi pueblo y esta es mi gente- su voz suave se perdía entre el estrépito del cielo y el estrépito de la lluvia en el suelo, el lobo la miró como quien analiza a su presa, miró al cielo y por un segundo todo se detuvo, el tiempo quedó congelado, las gotas que caían se pararon en el cielo flotando perfectas cuales perlas de cristal, las serpientes del suelo quedaron congeladas y el graznar de los cuervos cesó, la gente también quedó quieta, con el latido de su pecho, con sus miradas abiertas.

-Son simples humanos- el lobo hablo mientras tomaba la forma de un caballero, ropas negras de cuero, cubierto por una capa de piel de lobo blanco, el hombre tenía cabellos negros y ojos de fuego, la mujer le reconoció sin verle, -son mis humanos- agregó con una sonrisa, el hombre caminó haciendo a un lado las gotas de la lluvia para que no le tocaran, llegó hasta el muro y extendió la mano para después retraerla, volteó a ver a las serpientes del suelo y a los cuervos negros en las ramas.

-Les he prometido un festín- Dijo mirando a las criaturas congeladas en ese momento si tiempo, la dama, dio unos pasos hacia el muro, lenta, pesada por lo años su caminar era casi imposible, aun así el hombre esperó paciente, después de todo tenían un eterno segundo.

-Ninguno de ellos pasará la muralla- dijo mirando a las criaturas sobre las piedras de la pared, él sonrió aceptando esa indudable realidad, ellos por si solos no podrían con la barrera que seguramente la mujer había construido para proteger a su gente, extendió su mano hacia el muro y tocó la pared que en un segundo se hizo visible, el muro de cristal cubría la aldea -tienes razón, ninguno podría con tu muralla- y en un instante todo se volvió polvo, la lluvia continuo y el hombre caminó de regreso al bosque, las serpientes y cuervos se volvieron bestias que cayeron sobre los hombres sin tocar a la mujer, que lloraba en silencio, mientras el suelo se manchaba con la sangre su aldea, las antorchas se apagaban cuando sus portadores las dejaban caer en el suelo, la oscuridad consumía la aldea, las puertas se abrían para entregar a los moradores de las chozas a los invasores, los niños eran devorados y ella; la anciana sabía que no podía hacer nada para detenerlos, los hombres se defendieron e incluso mataron a muchas bestias, pero eran demasiadas y poco a poco todos cayeron, no quedó nada de los hombres, mujeres y niños más que las ropas desgarradas y la sangre regada en el suelo. Así como vinieron las bestias se fueron una vez terminado el festín. La mujer en el suelo lloraba desconsolada, ni un alma sobrevivió, nadie de su gente, ni el más joven, ni el más viejo, nadie quedó vivo.

-¿por qué?- Preguntó la vieja al silencio de la noche que quedó después de la matanza, pero nadie contestó hasta el amanecer cuando el sol con sus rayos empezó a secar el suelo y las paredes manchadas, de nuevo de entre los árboles apareció el hombre de cabellos negros y ojos rojos, suspiró al ver la mujer ahí derrotada -Sólo por ser tú tengo esta pleitesía, lamento la mala noche, pero una promesa debe ser cumplida- dijo y en un segundo la aldea estaba como antes, la sangre había desaparecido y la gente seguía con su rutina como si anda, la vieja se levantó y limpió las lágrimas.

-eres un maldito- dijo cuando el hombre ya había desaparecido y se había internado en el bosque, para después integrarse a la vida en la aldea como si nada hubiera pasado.

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