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Bartolomé



El hermano Bartolomé; como lo llamaban todos sus compañeros, no era un monje, ni siquiera era un hombre agradable, era más bien un ermitaño que había encontrado en el corazón del monasterio un lugar tranquilo para disfrutar de su soledad.

En las colinas lejos de la civilización y el bullicio de la gente Bartolomé vivía con los monjes de la hermandad de San Agustín. Los monjes vivían vidas tranquilas y en armonía con el mundo que los rodeaba. Su huerto y pequeño corral los proveía de la suficiente comida que pudiesen necesitar, las paredes de piedra y los hogares nutridos por leña les daban el refugio para soportar el frío de la montaña. Sus vidas eran tranquilas, la mayoría se dedicaba a la oración, la contemplación, o a algún arte.

La vida en el monasterio era lo que Bartolomé necesitaba, cada mañana se levantaba con el sol como todos los demás, el cielo azul profundo aún estaba ligeramente oscurecido pero todos iniciaban sus labores cotidianas, para el medio día las actividades diarias terminaban y los monjes se reunían a rezar. Bartolomé no era creyente siquiera, pero acompañaba a los monjes en su rutina, solía decir que esas palabras repetitivas le daban una paz que ni el silencio le regalaba, para el hermano Miguel era prueba suficiente de que; aunque nunca lo aceptara en público, el hermano Bartolomé veneraba a Dios en su corazón.

A las 2 se servía la comida, algo sencillo, una sopa de verduras, un poco de guisado de cordero o cerdo y algunas alubias, un poco de agua de fruta de temporada y al final un poco de té o café. Tras la comida todos iban a las diferentes salas, algunos en la sala de música rompían el silencio de todo el monasterio con el sonido del violín, el piano o el laúd, los hermanos más eruditos se juntaban a leer sobre los estudios o a escribir largos compendios de sus divagaciones sobre el ser, el Dios y la esencia. El hermano Juan se podía pasar la vida en el huerto hablando con las plantas y cuidando cada detalle. El hermano José era piadoso con los animales a los que cuidaba como hijos. El más viejo era el hermano André quien pasaba las tardes en la capilla orando, entregado a la devoción del sagrado corazón, el hermano podía pasar todo el tiempo del mundo rezando en un trance que muchos decían era la razón por la cual estaba a punto de cumplir los 103 años de edad.

Bartolomé, solía caminar tras la comida, caminaba por los corredores y observaba a sus compañeros, observaba sus actividades a lo lejos, se maravillaba con los tarsos es papel del hermano Julián quien dibujaba con una gracia divina, y se embelesaba con la música de los hermanos Arturo, Gepeto y Gabriel el menor de todos los hermanos. Bartolomé recorría todo el monasterio mirando cada detalle, era el primero en enterarse cuando alguien andaba mal o cuando alguien tenía una dicha, y aun cuando procuraba no irrumpir en la vida de otros conocía a cada uno de los que ahí habitaba.

Tras su paseo el hombre de sesenta y nueve años se retiraba a sus aposentos de donde no salía hasta la hora de la cena a las siete de la tarde, con el sol menguante el hombre caminaba al comedor y disfrutaba de un pan y un café, para de nueva cuenta regresar a su habitación. Bartolomé no hablaba con nadie y nadie sabía cosa alguna sobre él o su pasado; en el espíritu de hermandad lo dejaban ser y confiaban en su buena voluntad.

Una mañana de invierno cuando Bartolomé cumplía sus setenta años, el hermano no salió de su cuarto. Era normal que si se encontraban indispuestos por enfermedad los monjes se recluyeran por lo que nadie le dio importancia, aunque todos extrañaron el ruido de sus pasos por el monasterio. Fue hasta el día siguiente que preocupados fueron a buscarle, tras tocar 3 veces a la puerta y no recibir respuesta alguna los monjes abrieron; no habían cerrojos en el convento por lo que irrumpir no era difícil, pero nada, la habitación estaba vacía, ni rastro de Bartolomé, sólo sus cosas bien acomodadas. Extrañados todos y preocupados fueron a buscarlo pero fue inútil nunca volvieron a saber de él.

Mucho tiempo paso en el que los pasos de Bartolomé por el monasterio se extrañaban, en que su silencio y tranquilidad parecían hacer falta. Poco a poco los hermanos se sumieron en la rutina y fueron dejando el recuerdo a un lado, paso un año exacto para que el último de ellos; el hermano Gabriel, se olvidara de Bartolomé mirándolo desde la puerta mientras el tocaba el violín, sólo se detenía por un instante antes de partir en su continuo andar.

Los monjes nunca supieron el secreto de Bartolomé, nunca supieron quién era aquel piadoso hombre, que en su silencio y rutina los conocía a todos. Todos murieron con el tiempo y los años, la muerte los fue reclamando y otros monjes llegaron, otras rutinas y otros tiempos se presentaron. Una tarde después de la cena escucharon como alguien llamaba a la puerta, Un hombre de avanzada edad tocaba, sus ropas eran discretas y pedía refugio. Los hermanos lo acogieron sin preocupación alguna, al día siguiente; como si siempre hubiera vivido con ellos, el nuevo se integró a la rutina y tras la hora de los alimentos, ese hombre de cincuenta años recorrió los pasillos caminando en silencio y despacio, hasta llegar a la sala de música donde un hombre de casi setenta años le enseñaba a otro hermano a tocar el violín.

El hermano Gabriel miró al recién llegado en la puerta y sonrió, se puso de pie y pesadamente caminó hasta el nuevo.

-Bienvenido Bartolomé.

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