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Contar historias

Primero aparece un lugar, por ejemplo mi habitación, piso de laminado claro, paredes de colores naranjas que van desde un naranja casi amarillo hasta un naranja casi eléctrico, pasando por 2 tonalidades intermedias que regulan la luz de la alcoba. Una gran ventana hacia el poniente donde entra una gran cantidad de luz todo el día y en las noches gracias a un faro blanco que está junto frente a ella, el techo a poco menos de 3 metros de alto con su blanco sepulcral sólo interrumpido por el azul de las dos lámparas que cuelgan levemente de él. Los muebles son de maderas de diferentes tonos cafés, oscuros y claros. Algunas flores adornan el lugar, unas lavandas secas pero hermosas que conservan su arma y su olor, algunas nochebuenas por la época, y unas orquídeas.

Luego vienen los personajes, un chico de máximo 20 años recostado desnudo en mi cama, totalmente atrapado por el sueño pese al resplandor que entra por la ventana y la suavidad de la música que emite mi celular. El chico tiene ojos de color verde que en este momento se encuentran cerrados en la tranquilidad del sueño, su piel es dorada por el sol diario, su nombre no lo recuerdo. Está calmado apenas cubierto por la sábana blanca de la cama.

Después seguiría la trama, una aventura romántica sería lo más apropiado para la ocasión, también podría ser un relato del instante que compartimos sumergidos en las pasiones de la carne, pero es en este punto donde viene lo difícil. Elegir qué es lo que quiero contar con este escenario y este joven que amablemente se han prestado a mi imaginación. El decidir es la parte difícil, hay historias que se escriben solas, que se narran por sí mismas en las que yo sólo soy un espectador que tranquilamente narra los hechos, pero hay otras que se niegan a fluir, que se niegan a ser contadas, historias que aún cuando vivo intensamente, no encuentro la forma de nombrarlas.

Suspiro, generalmente tras el bloqueo bajo y preparo una taza de té o café, tal vez por un estereotipo bien marcado en mi inconsciente; en otras ocasiones voy por un trago, también por un estereotipo un poco más oscuro, y es que a fin de cuentas eso somos, conjuntos de ideas preconcebidas que nos dicen cómo actuar, pensar y crear. Puede incluso que mi típico bloqueo no sea más que una idea de lo que debe ocurrir en el proceso de creación y que si no lo vivo siento; quizás, que no estoy creando.

Regreso a sentarme frente al monitor de la computadora e inicio a escribir lo primero que se me viene a la cabeza, como se habrán dado cuenta, ayer y hoy no ha sido otra cosa más que narrar el proceso de bloqueo o creación que vivo como escritor. Estoy corto de palabras, no de ideas, tengo sueños maravillosos y realistas que deberían ser contados, historias de príncipes sanguinarios, espíritus temerosos, amores platónicos, historias del pasado, historias del futuro, y mil cosas más, pero no encuentro las palabras para contarlas, no encuentro las palabras que impriman la emoción que siento con cada uno de esos mundos en los que he vivido y a los cuales escapo de vez en cuando.

También quisiera contarles mis recuerdos, mi novela diaria, las vidas de mis muertos, y de mi vivos, hay tantas historias asombrosas en el mundo que deberían ser contadas. Y yo sin palabras, sin letras, sin ideas. En ocasiones pienso en dejar de escribir, pero no puedo, es algo natural en mí, aunque sólo sean locuras o ideas inconclusas, tengo que sacarlas, tengo que arrojarlas al mundo para no explotar.

En fin, algún día, sé que las palabras adecuadas acudirán, sé que lo que se tiene que contar será contado, y que algún día las historias cobrarán vida en otras mentes. Mientras tanto escribiré lo primero que venga a mi cabeza cada día con la esperanza de que algún día sea el correcto.

Contar una historia es invitar a los demás a dar un vistazo al mundo que hay dentro de nosotros, es desnudar el alma entre las letras para; que sin sentirse expuesto, te conozcan y conozcan ese increíble mundo que todos llevamos dentro.

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