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Elizabeth

Lagrimas rodaban por la hoja de papel mientras Elizabeth escribía su carta. Era la última que escribía, lo sabía bien, después de esa noche no volvería a escribir nunca más. Dobló el papel y lo guardó bajo la almohada, apagó la vela que alumbraba tenuemente su habitación para quedar sumida en la oscuridad de la noche.

Un rayo de luna logró entrar por la ventana horas después, lo que vio fue tan aterrador que por un momento el rayo pensó en retroceder sus pasos y regresar al seno de su madre la luna. Había sangre por todo el piso de la alcoba, todo estaba lleno de sangre tan roja como el carmín de las rosas que adornaban el frente de la casa. Pero no era sólo la sangre, si no los restos y partes de personas regados por todas partes, brazos, cuellos, pechos, viseras, piernas, una verdadera carnicería, cada rincón estaba mancillado por aquel atroz crimen.

Podía distinguirse por el tamaño y las formas que entre aquella muchedumbre desgarrada había niños, mujeres y adultos, la dentadura de la más vieja de la casa hacía ver que hasta ella había muerto esa noche, el hacha estaba aún bañada en sangre y acostada en su cama estaba Elizabeth.

La chica dormía con su camisón blanco, las ropas que había llevado puestas hace horas estaban en un rincón embadurnadas en sangre y viseras que saltaron contra ella cuando hacía su labor con el hacha que estaba a la orilla de la cama. Elizabeth sabía que debía descansar bien, le esperaba un largo día a la mañana siguiente.

Esa noche Elizabeth asesinó a cuatro personas, los dos guardianes de la casa, la señora Martha encargada de la casa y Alice la madre de la señora Martha quien vivía en el ático. Por la mañana se encargaría del pastor y si tenía suerte de su asistente también.

Era una lástima en verdad que tanto el pastor como su asistente hubieran salido aquella noche, después de todo la ira de Elizabeth iba dirigida principalmente a ellos dos, a la señora Martha la mató por ser cómplice silenciosa de los abusos, a los guardianes por ser fieles a su amo y a la señora Alice por piedad.

Elizabeth dormía tranquila cual ángel, nadie había visto dormir a alguien con tanta tranquilidad después de la noche larga que había tenido. Todo había resultado extrañamente sencillo, primero le pidió a uno de los guardias que le ayudara a bajar una maleta en su cuarto. El robusto hombre entró ante la mirada inocente de Elizabeth y cuando se preparaba a estirarse para tomar la pesada valija la chica lo golpeó con el hacha, le partió el cráneo en dos, fue tan rápido que el hombre nunca supo que pasó.

Elizabeth sabía que a sus doce años no era oponente para aquellos hombres, así que tras matar al primero bajó las escaleras de madera y encontró al otro sentado en la sala, la escuchó entrar; el fogón de la chimenea alumbraba todo con ese color amarillento que tiene el fuego, cuando volteó a verla sólo vio el filo de la hacha estrellarse con su cara, Elizabeth tomó al hombre y como pudo lo llevó hasta su alcoba.

La chica fue a la habitación del pastor, sólo para decepcionarse de que no estuviera en casa, igual fue con su asistente, sus camas estaban tendidas y arregladas, seguramente no llegarían hasta el amanecer. Elizabeth respiró molesta quería desquitarse con ellos, pero no tendría más que esperar.

Mientras la señora Martha dormía plácidamente en su cama de plumas; cubierta con el edredón que el pastor le había dado como regalo la navidad anterior, Elizabeth le propinó un golpe en el pecho, a ella si quería hacerla sufrir, la mujer despertó llena de miedo, quiso levantarse pero el dolor se lo impidió, la joven levantó de nuevo el hacha y propinó un segundo golpe, un brazo se desprendió de la mujer quien ignorando su dolencia se levantó tratando de huir, pero un golpe en la espalda la derrumbó en el suelo. Una vez más Elizabeth llevó todo a su habitación.

El ruido de la anciana en el ático la alertó, la vieja se movía lentamente, tanto que se escuchaba el rechinar del suelo a cada uno de sus pasos. Elizabeth tomó su herramienta, no tenía caso dejar vivir a la anciana, ella había sido testigo del maltrato que sufría, de cómo su propia hija la golpeaba y dejaba sin comer, pero también sabía que pese a todo eso la anciana aún amaba a su hija. Abrió la puerta del cuarto, la anciana batallaba para encender una luz cuando la vio entrar, Elizabeth se ofreció a ayudarla.

-Estoy preocupada, escuche a mi hija gritar- dijo la anciana mientras daba la lámpara de aceite y las cerillas a la chica, ella la consoló, le dijo que la Señora Martha sólo había tenido un mal sueño, pero que estaba bien, que ella tenía que regresar a la cama, la anciana no le creyó, tenía que cerciorarse con sus propios ojos, algo en sus huesos le decía que había algo mal.

-todo estará bien- dijo Elizabeth dejando la lámpara y las cerillas en la mesa, empuñando el hacha con ambas manos en la oscuridad propinó un golpe certero a la anciana, con el cráneo destrozado calló al suelo.

Sin saber por qué Elizabeth llevó todos los cuerpos que mutiló aquella noche hasta su habitación, una vez ahí cortó en trozos cada uno de ellos, tal vez tenía miedo de que se volvieran a levantar, tal vez sólo estaba aburrida, o quizás sólo quería sacar toda la ira que tenía contra el pastor.

Elizabeth no pudo matar al pastor, ni siquiera a su asistente, fue atrapada mientras dormía en su cama, el pastor llegó con el alba y vio los restos de sangre que llevaban a la habitación de la niña, tomó su arma y disparó contra la criatura durmiente, les dijo a todos que obviamente estaba poseída, que un demonio era lo que era la pobre niña. Todos creían en que el pastor había disparado en defensa propia, todos lo creyeron, hasta que encontraron la carta de Elizabeth.

No era sólo la que tenía bajo su almohada, eran cientos de escritos escondidos entre sus sabanas, entre sus ropas y bajo su colchón. En cada uno de ellos la menor narraba como cada noche el Pastor y su asistente la visitaban, contaba las veces que la vendieron a otros hombres, y como experimentaban nuevos "placeres" con ella en el granero, como mancillaron su inocencia, como la volvieron un monstruo lleno de ira y odio.

Sus letras eran tan puras que nadie las ponía en duda, muchos de los que las leyeron o escucharon rompieron en llanto ante las atrocidades ahí descritas.

En su última carta, la única que iba dedicada se leía una nota "lo hago por ustedes", Esa carta estaba dedicada a los futuros niños y niñas que vivirían en esa casa con ella, a los jóvenes huérfanos de la guerra que irían a vivir con un demonio vestido de Pastor.

El pueblo entero se levantó en contra del Pastor y lo quemaron vivo en la plaza, a su asistente lo colgaron hasta que su cuerpo se pudrió a la intemperie. A Elizabeth la enterraron con su camisón blanco, abrazando su hacha justiciera.

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