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La musa y el escritor

Era una noche cualquiera, como muchas de las noches que pasan desapercibidas en nuestra larga rutina diaria. El cielo estaba cubierto por grises nubes, el clima no era molesto ni agradable, la gente continuaba con sus vidas sin problema alguno. Así era la vida de Poe.

Poe era un joven de veinte y dos años, recién egresado de la escuela de letras y con el sueño de volverse un prolífico escritor. Y bajo ese sueño era que aquella noche caminaba en búsqueda de la musa de la escritura. La bella dama para él tenía ojos negros y cabello blanco andaba desnuda por la vida dejando ver su clara piel cubierta de pecas a quien tuviera la pericia de contemplarla en medio de las hojas blancas o de las letras de los escritos.

La musa había escapado de su habitación aquella tarde. Habían estado juntos durante dos meses, meses en los cuales el joven pasó largas noches coqueteando con ella, intimando entre la tinta de la vieja máquina de escribir y las hojas blancas que se cubrían con letras borrosas. Él creía que se amaban, pero esa mañana habían tenido una horrible discusión. Al joven no le gustaban las palabras que la musa le dictaba entre besos y caricias, hasta el punto que el suelo quedó cubierto con las hojas arrugadas de párrafos confusos e ideas incompletas.

-No está funcionando- gritó el exasperado y en ese momento la musa prefirió escapar por la ventana a seguir escuchando sus recriminaciones. El joven se arrepintió de inmediato de lo dicho y trató de detenerla pero ya era tarde, la musa escapó como una idea que se va con el viento, tomó su chaqueta y salió de inmediato para darle alcance.

Fue inútil la musa voló lejos y por más que el joven trató de llamarla escribiendo cuanto venía a su cabeza la musa no volvió en toda la tarde. El sol vencido por el cansancio del día se puso en el horizonte, los faroles empezaron a alumbrar a la noche y las calles se fueron quedando poco a poco bacías.

-Perdóname- gritaba desconsolado el joven por las calles, pero era inútil, la musa no contestaba, tal vez estaría lejos de ahí con algún otro amante, dictándole al oído dulces palabras, acariciando el cuello de otro escritor, consintiéndole con sus bellas ideas.

Derrotado el joven llegó a la plaza, sabía que esa noche sólo era el inicio de una serie de noches que pasaría dando vueltas en la calle o en la cama, en espera del perdón de la musa, en espera de que la dama lo perdonara y decidiera volver a su lado.

Así fue, pasaron días que se volvieron semanas que completaron meses y casi cuando la esperanza estaba perdida en una noche cualquiera, una noche poco especial, cuando las cartas del editor se amontonaban en la mesa de la sala con tonos cada vez más amenazantes, esa noche ella volvió.

El joven escritor estaba mirando las estrellas del cielo despejado, sólo se veían las más brillantes por la luz de la ciudad que amenazaba con ocultarlas bajo su bullicio y luces falsas. El escritor las unía con sus dedos pensando en su amante perdida, volteando a ver las hojas tiradas en el suelo con líneas incompletas y letras que parecían salirse de las hojas y regarse por el suelo en un mar de tinta e ideas fallidas.

Ella entró por la puerta como si fuera su casa, le miró contemplando las estrellas y decidió no molestarlo, se fue a sentar al sofá frente a la máquina y notando que no había sido notada, tecleó con fuerza una "A" una simple "A" que retumbó por todo el pequeño departamento desterrando el silencio. El escritor volteó rápidamente a verle, una sonrisa se dibujó en sus labios que ya casi olvidaban como sonreír y se lanzó a sus labios y a sus brazos. Ella lo recibió alegremente, esa noche y todo el mes lo pasaron juntos, intimando sin descanso alguno, escribiendo en treinta días lo que no había sido escrito en casi un año de soledad.

La mañana del día treinta y uno fue como cualquier mañana, el sol salía desterrando el fresco de la noche, los faroles se apagaban dando paso al astro rey, la ciudad empezaba a despertar, la musa también se levantó tan fresca como el rocío que se juntaba en la hierba, caminó hasta la puerta del pequeño departamento y desapareció tras de ella.

El escritor no pudo notar la sutil huida, estaba aún en donde se había quedado aquella noche. Sentado en su silla de madera, su cabeza descansaba entre las teclas que marcaban la piel de su frente, aún en la maquina estaba la última hoja de su novela, en su último párrafo se leía la palabra "FIN".

El editor diría que era la mejor novela que había leído de un joven escritor, la crítica alabaría la obra, los lectores se enamorarían de los personajes, y reirían y llorarían con la trama, era una obra de arte dictada por la misma musa de las letras, una novela perfecta.

Su fama fue enorme, por desgracia no pudo disfrutarla ni un segundo, tras escribir la palabra "FIN" el cansancio lo venció, el hambre, el sueño, la sed, nadie escribe durante 30 días sin que la vida le cobre una gran factura. Ella le pidió que se detuvieran por instantes pero el insistió en seguir temeroso de que la Musa huyera, continuó escribiendo sin escuchar a sus ojos, a su estómago, a sus brazos cansados, a su cuerpo que le pedía detenerse, no escuchó ni las tres suplicas de la musa, y cuando el decidió continuar  ella siguió dictando.

Al final cayó muerto, su cabeza se estrelló contra las teclas, su corazón dejó de latir y su pecho de respirar, la obra estaba concluida, se fue en paz.

Desde aquel día la musa se dijo no volver a permitir eso, ahora sólo se aparece de vez en cuando, está con los escritores un par de días, y luego vuela libre, no se olvida de ellos, pero tampoco se queda, teme que mueran por su obra, teme que se enamoren de ella tanto como aquel escritor que no la dejó huir hasta morir.

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