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Alicia

No podía creer lo que había hecho, pero lo había hecho, de eso no había duda alguna, después de todo por más increíble que fuera, estaba ahí.

Los adultos de la sala de interrogatorios cuchicheaban sorprendidos, al igual que todos los demás fuera de la sala, seguramente sería lo mismo en la preparatoria, murmullos que ensordecían y acallaban cualquier ruido, murmullos que ella escuchaba aún sin creer que fuera verdad.

Nadie creía que fuera verdad, después de todo Alicia era una chica modelo, de esas que no llaman la atención, que se acoplan al sistema, que sacan buenas calificaciones, que no se meten en problemas. Alicia tenía 16 años, cabello castaño y ojos grandes color verde que ocultaba detrás de unos gruesos lentes que le permitían ver, su cabello era lacio y su nariz estaba llena de pecas, sus dientes frontales estaban ligeramente separados y siempre se había sentido una chica sin chiste, pese a que si se arreglara sería una hermosa adolescente.

Alicia estaba ahí sentada, su sudadera gris bastante grande para ella era el único elemento de la sala que le recordaba que había sucedido, después de todo aún había manchas en ella, manchas secas color marrón rojizo que le recordaban lo que había pasado.

Todo había iniciado; en apariencia porque en realidad era una historia bastante más lejana, pero para efectos prácticos todo inició esa mañana, era una mañana fresca de martes. Alicia se levantó de su cama siguiendo la rutina, que incluía despertar unos minutos antes de que sonara el despertador, pero no levantarse hasta que este empezaba a emitir "New York Kiss" del grupo Spoon, dejar que los 3 minutos y 27 segundos que duraba la canción terminaran mientras ella tendía  su cama con marcial cuidado, las esquinas bien dobladas, y las cobijas tan tensas que una moneda rebotaría en ellas. Antes de que el despertador volviera emitir la canción le apagaba y caminaba al baño, un baño pequeño, su habitación había sido concebida como un cuarto para el servicio en el sótano de la casa, pero ella en búsqueda de independencia lo había elegido como su habitación.

En la sala entró un oficial que le dirigió una fría mirada, se acercó al otro para indicarle que ya habían llegado los padres de la menor… sus padres, que pensarían de lo sucedido, ellos que eran personas respetables y centradas.

Tras bañarse Alicia salió de su cuarto, subió a la cocina tomó un par de hogazas de pan y se dirigió al despacho de su padre. La habitación de caoba la recibió con una fría solemnidad, Alicia entró con algo de miedo, tenía prohibido estar ahí, pero tenía la confianza de que no había nadie en la casa. Caminó al escritorio de madera fina color rojiza y finamente tallado con detalles de una cacería y donde el general se sentaba a trabajar en cosas que no podía decirle a nadie, abrió el 3 cajón con la llave que había robado la noche anterior y que sabía que el General no extrañaría hasta llegar esa noche y sentarse en ese escritorio para tratar los pendientes que traería del trabajo. Guardó el contenido del cajón y salió presurosa, cruzó el umbral de la puerta y caminó a la parada del autobús.

Alicia volteó a la larga ventana que daba a la recepción de la jefatura de policía, ahí estaba su madre hablando con un oficial, seguramente le contaban los pormenores de lo ocurrido, para su suerte ella le daba la espalda por lo que no podía descubrirla mirándole fijamente mientras el oficial le contaba todo. El general no había llegado aún, no tardaría mucho, aunque seguramente tendría cosas más importantes que arreglar el desorden que su hija; su única hija había creado.

Mientras subía al autobús el corazón de Alicia palpitaba a prisa y con fuerza, podía sentirlo en su pecho como deseando salir de ahí, ella aseguraba que todos podían oír su palpitar, así que intentaba vanamente relajarse, respirando con profundidad. El camino a la escuela le pareció más largo que de costumbre, a pesar de que pasaron por las mismas calles que siempre y recogieron a los mismos jóvenes de cada día, pese a que llegaron a la misma hora al edificio escolar, Alicia sintió que pasaron horas desde que salió de su casa con el corazón agitado hasta que llegó a la escuela con el corazón aún al borde del colapso. Caminar los pasillos con la mochila en brazos, mirar a los chicos y preguntarse si sabían lo que haría. Sentir todas las miradas fijas en ella, cuando estaba acostumbrada a pasar inadvertida, y ahora sentía que cada uno la miraba, que cada uno se preguntaba que llevaba en la mochila.

Pasó una hora para que el General agitado llegara a la estación, al contrario de su madre que no la había visto ni una sola vez, el General entró con su porte imponente y marcial, iba acompañado de un abogado en traje gris pardo y de apariencia tan solemne que parecía un muerto en su caja. El general, su padre le miró fijamente casi derritiendo el cristal que los separaba, Alicia sintió un escalofrío pero decidió que no sedería a la fría mirada del General, la mantuvo para la sorpresa del hombre que le había dado vida.

Alicia veía el reloj caminar tan lento como nunca había caminado, no pudo poner atención a ninguna de las clases, no puso atención a Literatura, a Filosofía, a Física, a Matemáticas, no puso atención a ninguna, era como si no estuviera ahí, cosa que los maestros comentaron, acostumbrados a que ella participara, a que comentara la lección, a que hiciera preguntas; pero simplemente Alicia no estaba ahí. A la hora del almuerzo Alicia no salió se quedó en la biblioteca pensando, con la mochila aún abrazada, sentada en una silla mirando los libros de una repisa, esperando a que el tiempo pasara más de prisa. Para no llamar la atención tenía los audífonos puestos pero en realidad no escuchaba nada, simplemente estaba en silencio esperando.

El General empezó a hablar en voz fuerte mientras debatía con los oficiales de policía, Alicia fijó la mirada en la mesa de madera de la sala de entrevistas, no quería oírlo, no quería saber nada, pero era inútil, el General se hacía notar, su pulso empezó a agitarse y sintió que el corazón en cualquier momento se saldría de su pecho, levantó la vista y miró a la oficial que estaba del otro lado de la sala, no habían cruzado palabra alguna, los oficiales esperaban que los padres llegaran, pero sus padres ya estaban ahí, así que Alicia no entendía por qué esperaban.

La última hora era la clase de Historia, todos los alumnos llegaron puntuales, el profesor era muy estricto, Alicia se sentaba en la tercera fila, era en la única clase donde no se sentaba hasta el frente, pero es día le pidió a Anabel que le cambiara el lugar a cambio de un favor para la tarea de Física, la chica aceptó extrañada, Alicia se sentó y esperó. El profesor, un hombre de 56 años de edad, gordo en exceso, vestido con ropa formal que obviamente no era de su talla, con sus axilas empapadas en sudor y que despedía un aroma desagradable le sonrió a Alicia cuando esta se sentó en el puesto frente a su escritorio. El corpulento hombre se sentó en el escritorio y empezó a pasar lista mientras Alicia esperaba. La chica escuchaba los nombres de sus compañeros ser nombrados uno tras otro, esperando a escuchar el suyo mientras su mano se deslizaba en la mochila que aún estaba sostenida en su pecho, sentía su pulso agitado, su corazón querer huir, el tiempo detenerse, el sudor de su frente, dos nombres más, la chica sostuvo el contenido preciado de su mochila con su mano derecha, sintió la fría superficie de metal, un nombre, debía ser paciente, los segundos se convirtieron en horas, recordó la humillación, recordó el rencor, recordó todo lo que la había llevado a ese instante.

-Alicia

Dijo el general al abrir la puerta, su voz no era la autoritaria de siempre, la chica no contestó, ni siquiera levantó la vista, Alicia no estaba más en ella, no volvió a hablar, su última palabra había sido "presente" cuando el maestro de historia dijo su nombre con una perversa sonrisa que fue borrada por el proyectil que le desbarató la cabeza, sus sesos, cráneo y sangre mancharon la pared tras de él, el tiro había entrado entre los dos ojos y la bala se había desintegrado en cientas de partículas que destrozaron todo el interior y la parte posterior del cráneo. Era digna hija del General había apuntado certeramente, y había escogido bien su bala, el maestro nunca tuvo oportunidad, ni siquiera se habrá dado cuenta de que sucedió, su cerebro terminó destrozado en la pared, Alicia para firmemente dejó el arma en su pupitre y salió del salón, no escuchó los gritos de pánico de sus compañeros, no escuchó el caos detrás de ella sólo salió y caminó hasta la dirección donde entregó una carta que lo explicaba todo.

Alicia no volvió a hablar nunca, pasó por cientos de sanatorios y médicos, pero nunca dijo una palabra más, el General no se enfadó con ella y renunció a su cargo para visitar todos los días a su hija, su madre nunca la volvió a ver, todos decían que no le perdonaba, pero Alicia sabía que lo que su madre no se perdonaba a si misma por haberle fallado a su hija. La carta decía que acababa de matar al maestro de Historia en represalia por los abusos a los que la había sometido durante el año escolar, relataba detalladamente todo lo acontecido desde hace meses, como la chantajeaba con fotos, con decirles a todos que ella se le insinuó, todo estaba expresado en la carta que dio al director, espero pacientemente en la dirección a que la policía llegara y cooperó cuando se la llevaron a la estación. A partir de ese día Alicia era una muñeca que hacía cuanto se le indicaba, sin objeción, creció en silencio, perdonada de sus pecados, cuidó al General hasta el último de sus días y continuó una silenciosa vida hasta el fin.

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