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Seguridad

Era un día como cualquier otro en la ciudad, el cielo gris cubría todo con su blanco resplandor, llevaban ya varios meses sin sentir el brillo del sol y en el color de la piel de la gente se empezaba a notar ese blanco pálido de los muertos; tampoco había llovido, sólo estaba ese cielo gris que lo cubría todo.

Alexander era un joven de 16 años, que deseaba; como todo adolescente, disfrutar los placeres de la vida, encontrarse con los labios de amantes discretos, o disfrutar de los efectos de cuanta sustancia se ponía en su camino. Se había escapado de casa desde hace un año; cansado de los abusos de su padre y de la actitud pasiva de su madre el joven decidió que estaría mejor solo.

Al principio la vida en las calles no fue gentil con Alexander, incluso algunas frías noches pensó en regresar a su casa; pero sabía que una vez fuera no había forma de regresar. Por suerte para Alex la vida fue gentil con él, no pasó ni dos semanas de sufrimiento cuando la caricia de un extraño le recordó su carta más importante, era joven, joven y hermoso, sus ojos eran de un hermoso color turquesa, su piel blanca como la nieve, su cuerpo delgado con esa forma andrógina que vuelve loco a muchos hombres, sus rasgos finos y su sonrisa encantadora.

Las calles se vuelven amables con la belleza, extraños abrieron las puertas de sus casas y sus carteras al adolescente que descubrió en sus lechos un cálido lugar donde se mezclaba el placer con los regalos, si bien ninguno le agradaba, sus caricias y cuidados lo hacían sentir como si fuera su hijo y ellos padres en exceso cariñosos, padres que complacían sus caprichos, sus deseos. Vivía con ellos cuanto quería hasta que uno de los dos se aburría; nunca estuvo más de 3 meses con alguno, después de todo estos hombres tenían vidas hechas que no les permitían quedarse con su hermoso juguete.

Una noche en un bar y había otro amante, amantes que le compraban ropa, juguetes, comidas, que lo llevaban de viajes, uno hasta un departamento modesto le consiguió, él pagaba la renta a cambio de que Alex le colmara de placeres cuando iba a la ciudad y de mensajes amorosos cuando estuviera lejos. Tanto para Alex como para ellos todo era un sueño, un sueño donde podía ser lo que fuera incluso otras personas. En ocasiones se llamaba Adán, Luis, Raúl, Cesar, Evan, Ian, o hasta Eli, Sora, o Ed. Podía ser quien quisiera y cuando su celular marcaba según quien fuera era gentil, estirado, complaciente, romántico, salvaje... o lo que fuera necesario.

Era la vida perfecta, la vida que muchos deseaban, una vida que le encantaba, al menos la mayor parte el tiempo, había ocasiones; raros días, en los que sus amantes no llamaban, no contestaban los mensajes y era en esos momentos cuando la soledad lo consumía. Alex se levantaba temprano cada día de su vida, sin importar que había hecho la noche anterior, sus ojos se abrían a las ocho de le mañana de manera puntual, siempre miraba el techo unos diez minutos antes de levantarse, le gustaba jugar a recordar donde estaba o con quien estaba, pero cuando despertaba en su pequeño departamento el ver el techo lleno de estrellas de papel le recordaba que estaba solo.

Alex se levantaba los días que estaba solo con rapidez, era sólo necesario ver una estrella de papel que colgaba del techo, para que saltara de la cama como un resorte, caminaba al baño y con agua helada se daba el baño más rápido. En minutos estaba saliendo por la puerta de entrada con todo lo necesario para no volver en todo el día o si era mejor no volver nunca.

Qué había en la soledad que tanto espantaba al adolescente, solamente una cosa, ÉL. El Alex de verdad sólo se presentaba cuando estaba solo, el niño de 15 que escapó de casa porque su padre le golpeaba hasta casi matarlo; un día le rompió un brazo y su madre no hizo nada, desde que tenía memoria había sido así, había sido víctima de la ira de su padre que como todo un caballero no tocaba a su madre "A una mujer no se le toca" decía siempre, pero su hijo era varón, era hombre, con un pene entre las piernas y eso hacía que tuviera que ser fuerte, que tuviera que ser valiente, que tuviera que ser un macho.

Golpe a golpe dejaron marcas moradas en el cuerpo de Alex, hematomas morados y rojizos que desaparecían en días, su padre era judicial y en su trabajo lo habían aleccionado para dejar marcas que el tiempo borrara o en algunos casos para no dejarlas. Y cuando los golpes se iban de las manos siempre había un médico dispuesto a ayudar al comandante; así le curaron el brazo a los 10 y la pierna a los 13 a los quince estuvo dos días inconsciente con un golpe en la cabeza. Alex luchaba con ese miedo que sea apoderaba de él cuando estaba solo, luchaba con el niño lastimado que lo perseguía cuando no había nadie.

La mejor forma de enfrentar era huir, salir a caminar en la helada mañana, mirar el cielo gris que cubría el cielo, caminar por el parque, por las calles, por el mundo, esperar a que uno de sus amantes llamara, a que alguien lo contactara para salir de su soledad. Pero si no ocurría, había que seguir huyendo hasta que el cansancio le derrotara y tuviera que regresar sólo para dormir, para desmayarse en su cama lejos de los recuerdos y los miedos.

Alex caminó este día que era como cualquier otro hasta donde no debió caminar, sin fijarse en sus pasos estos lo llevaron a su pasado, llegó a su antigua calle, a su antigua casa, miró a una mujer sentada en la puerta de su casa que le recibió con una sonrisa, el joven se sorprendió de verla tanto como ella de verlo, ella corrió a abrazarlo, a llenarlo de besos, le invitó a pasar y por unas horas Alex no reaccionaba, sabía dónde estaba, con quien estaba, pero era como si no lo creyera, la mujer habló durante horas, lo llenó de mimos y abrazos, de cuidados, le alimentó, lo cuido, al anochecer escucharon el carro llegar, ella tembló y él calló en cuenta de lo que había hecho.

Era un día como cualquier otro, el cielo nocturno estaba cubierto por nubes que ahora lucían los reflejos de la ciudad, el carro estaba estacionado fuera, un grito se escuchó en la casa y recorrió toda la calle, un golpe seco y luego un disparo, Alex no daba crédito de lo ocurrido pero sonreía, su padre estaba en el suelo con una bala entre sus ojos, su madre había disparado cuando el hombre se acercó a golpear al hijo pródigo que había regresado. Alex había sido defendido por su madre, tomó a la mujer y salieron de la casa antes de que cualquiera se preguntara que había pasado, tomaron el carro y desaparecieron en la noche.

Los amantes no volvieron a saber de Alex, su madre trabaja como costurera, él retomó la escuela y en las tardes trabaja atendiendo una tienda de ropa, la vida es tranquila, ya no tiene lujos, ya no tiene placeres carnales, pero tiene lo que siempre quiso Alex tranquilidad y seguridad.

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