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La Isabel

El salón estaba perfumado con el aroma del café mezclado con el tabaco cubano, un perfume que aún hoy en día me transporta a otros tiempos, tiempos más sencillos aunque a la vez más apasionantes.

Ella, la Isabel, una mujer de diez y ocho años, originaria del puerto pero con la belleza de la Madre Patria, su padre había sido un marinero, su madre una dama, la aventura de una noche era ella, la deshonra de la familia y la razón por la que su madre Catalina termino encerrada en un convento.

Pero a nosotros no nos interesa la historia de la Isabel, nadie supo si era verdad, ni siquiera si Isabel era su verdadero nombre, pero así se hacía ella llamar, una mujer fuerte, bella y elegante, pero si alguien se sobrepasaba fácil podía derribar a un hombre de un buen golpe en la mandíbula. Yo era un comerciante, como muchos otros, bueno en realidad era un oportunista, la guerra era mi mejor amante y la muerte mi mejor socio.

Llegué a la capital a reclamar las tierras de un muerto, para quedarme con ellas y venderlas al mejor postor, mi nombre era; para esta ocasión Nicolás Revillagigedo, venía del norte donde el pobre Nicolás había muerto solo y sin familia, que no tardarían en llegarle sobrinos distantes y otros allegados, pero mientras yo vendería; legalmente y con pleno derecho, las tierras que nadie sabía que poseía.

Pero como llegar a la gran ciudad y no aprovechar las delicias que me ofrecía, así que termine en aquel café modesto cerca de la alameda donde los aromas se mezclaban y donde la Isabel, la bella, cantaba con alegre voz algunas piezas de moda, corridos de héroes sin nombre y de hombres que seguramente ya estaban muertos.

Al entrar al café para protegerme del sol, nunca esperé encontrarme con aquella bella mujer, ojos seductores color del mar, cabellos negros como la noche, piel clara pero algo coloreada por el sol, curvas seductoras y una sonrisa que embrujaría a cualquiera y seguramente lo había ya hecho, pues al preguntar su nombre la sonrisa burlona de la mesera me informaba del demonio que era la Isabel.

La bella dama se sabía objeto de los deseos de los hombres y aprovechaba sus encantos para seducirlos y enamorarlos, su voz era angelical, y su canto era el de una sirena, mientras bebía el café de Córdova me preguntaba cuántos barcos habrían encallado en su puerto, cuantos corazones abría robado y sobre todo cuantas carteras habría vaciado.

Dice el dicho que "entre Gitanos no nos leemos las cartas" yo conocía a Isabel tan bien como ella me conocía, aunque nunca hubiéramos cruzado palabra alguna, nuestros demonios se entendían; y mejor aún se complementaban.

Seis meses estuve en la ciudad, meses en que vi los anillos de la Isabel cambiar de plata a oro y de oro a oro blanco, sus ropas convertirse en lino y sus cariños ser entregados a extranjeros que con sus blancas mentes no se daban cuenta de lo que yo veía a simple vista, varias fueron las propuestas, de un Smith, de un Bernard, de un Lafontaine, un Fisherman, y un Bormann entre muchos más ilusos que creían poder comprar el amor con dinero que sólo compra cuando mucho la cama.


Yo hice mis negocios, deje mis notas cada tarde en el café, pero nunca tuve el valor de acercarme a la Isabel, por temor, esas mujeres sólo buscan dinero, y el dinero es lo único que yo quiero. La Isabel y yo no tuvimos historia alguna, no hubo romance, ni negocios conjuntos, cuando termine mis negocios me fui y no volví hasta 7 años más tarde con la revolución, pero de Isabel y el café no volví a saber.

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