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Depresión

# Depresión

Mi día comienza temprano, el domino se ha levantado de su lecho en el horizonte y a mi me cuesta un mundo el poder abrir los ojos. Anoche me desvele víctima del insomnio que no dejaba de atormentarme con estúpidas preguntas sin respuesta.

Abro los ojos y miro fijamente al techo blanco de la habitación. Tiene un tono azul por la poca luz exterior que se filtra por las cortinas cerradas. Las luces de la calle aún brillan con su fría luz blanca. Debería levantarme, pero no lo hago hasta minutos después, cuando las luces se han apagado y el sol empieza a alejar la oscuridad.

Dejo de ver el techo que cada vez es más blanco. Extiendo la mano al buró y tomó el celular, 1 eterno mensaje en el buzón de voz, un mensaje de texto y varias notificaciones de correo.

*te odio*

Dice el mensaje de texto, lo leo unas cien veces antes de contestar.

*yo también, me odio*

Finalmente pongo un pie en el suelo, suspiro. Mi cuerpo esta delgado y ya no recuerdo la última vez que he comido algo, no ha de haber pasado mucho tiempo o ya no estaría escribiendo esto. Mi piel es blanca, y los huesos casi parece transparentarse. Me doy asco.

Me lavando con pesadez y camino los pocos pasos que me separan de la puerta del baño. Al entrar me de INE el espejo roto y con manchas secas de sangre; fue víctima de uno de mis tantos arranques de locura. El piso frío de la dicha me recibe y el agua helada sale cuando giro la llave impactando mi cuerpo con su gélido roce.

El baño dura una eternidad. Me gusta estar bajo el chorro del agua, me hace sentir con vida. No pienso en nada, no hago nada estoy sumergido en la inmensidad de la nada. Sólo pienso en las gotas que golpean mi delgado cuerpo. Y entonces sin motivo o o razón viene el llanto.

No soy víctima de una mala vida, no he tenido grandes tragedias. Pero aun así no puedo sonreír. Nada me alienta a seguir. Sigo porque hasta morir me da pereza.

Al salir de la ducha miro el reflejo roto. Veo las ojeras bajo mis ojos. Veo lo demacrado de mis pómulos. Observo la piel blanca seca y sin vida; pareciera que en cualquier momento se partirá. Suspiro y lavo mis dientes. La rutina no es mía, me la ha impuesto vida, que sin motivo o razón estoy viviendo.

Salgo del baño me arreglo. Me visto con lo primero que encuentro. Una playera gris, un pantalón de mezclilla, mi sudadera negra, los *converse* viejos y sucios. Tomo el dinero de la mesa y me coloco los audífonos que conecto a mi celular.

*Fix-you de coldplay* suena con tranquilidad, salgo rumbo al trabajo, tengo un par de horas para llegar, lo hago propósito. El transporte público es gris, la gente anda malhumorada y aprisa. Yo camino a mi tiempo viéndolo todo, la señora que carga mil cosas, el estudiante que va leyendo notas de clase, los niños de primaria con sus pesadas mochilas y sus caras somnolientas, los oficinistas en sus trajes negros, la rutina que consume la vida de todos.

Escucho *Riverside de Agnes Obel* al bajar del metro. Debo caminar tres cuadras por la sucia avenida para llegar a mi oficina. Subo el volumen páramo escuchar el ruido de los autos atrapados en el trafico matutino. El olor del humo de los escapes es molesto, se que a ellos deberé mi cáncer de pulmón en mi vejez.

Llego con cuarenta y cinco minutos de sobra al trabajo, lo planeo así para no saludar a nadie. Me encierro en el cubículo y me pongo a vaciar datos en la computadora. Hace mucho que ya no sé ni a que me dedico, hago lo que se me pide y cumplo con mis metas. Miles de datos ingresados en el sistema, nombres, edades, direcciones, números de seguro... Un mundo de gente reducido a una pila de datos sin sentido.

A las dos de la tarde escucho a *Connie Lim*. Salgo a caminar. Los demás corren al comedor, no conozco a nadie y nadie me conoce. Las relaciones laborales se limitan a un correo electrónico. Regreso 45min después y continuo mi labor, a las seis de la tarde todos se van, media hora después yo. Un día menos de trabajo.

Camino a casa con los audífonos en mis oídos, *Laura de Bat for lashes* suena a todo volumen extrayéndome de la realidad. El sol se va ocultando en el horizonte mientras pinta el cielo de un rojo intenso. Me detengo a ver el espectáculo, los tonos cambian de un rojo intenso a un rosado para dar paso a un azul pálido cada vez más oscuro hasta que la noche cae por completo.

Llego a casa sumido en la oscuridad, no prendo la luz. Entro y me dirijo al cuarto, me quito la ropa en el camino dejándola regada en el suelo. Me tomo las pastillas que hay en mi buró, el patético intento de mi psiquiatra por cambiar mi situación. Me acuesto y me pongo a pensar... No sé en que momento de la madrugada el sueño me vence.

Abro los ojos y miro fijamente al techo blanco de la habitación. Tiene un tono azul por la poca luz exterior que se filtra por las cortinas cerradas.

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